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jueves, 15 de febrero de 2007

El árbol, a Tribeca





VIERNES, 22 de diciembre de 2006

"El árbol", el filme argentino elegido para el festival de Tribeca

Buenos Aires. La película argentina “El árbol”, un bellísimo filme de Gustavo Fontán, que invita a reflexionar sobre el paso del tiempo y describe momentos de una pareja que discute sobre la conveniencia o no de cortar un árbol, fue seleccionada para participar del próximo Festival de Cine de Tribeca, Estados Unidos.

La película de Fontán, cuyo estreno en Buenos Aires está previsto para el 1 de febrero de 2007, se verá en la sección Documentales de la sexta edición del prestigioso festival creado por el actor y director Robert De Niro, que se desarrollará en Nueva York entre el 25 de abril y el 6 de mayo próximos.

El árbol” fue exhibida la semana pasada durante la muestra de cine europeo y argentino Pantalla Pinamar y antes había competido en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici) y participado en el Festival Internacional De Cine de Polonia, entre otros certámenes.

En este documental con recursos ficcionales el director se inspiró en la poesía de Juan L. Ortiz para retratar a sus padres en su casa de la localidad bonaerense de Banfield, donde pasan sus días discutiendo sobre cortar o no una vieja acacia que amenaza con caerse frente a la puerta de su hogar.

Durante un año y medio de rodaje, la cámara de Fontán acompañó a sus familiares en sus rituales cotidianos, en sus diálogos y sus silencios, y extrae de sus actos mínimos la misma delicadeza metafísica que recorre la obra de Ortíz.

“Ésta es esencialmente una película sobre el paso del tiempo. Me parece que toda la película es memoria. Memoria más cercana y memoria más lejana. En la casa de mis padres buscamos imágenes, objetos y sonidos que estaban estrictamente en mi memoria”, indicó el cineasta en diálogo con Télam.

¿Y cómo se planteó filmar esas cosas?.

"Sabíamos que íbamos a mirar lo cotidiano, pero que había que mirarlo de tal manera que pudiera trascender. Nos parecía que sin exhuberancias, ni demasiadas pretensiones, la mirada debía ser poética. Es decir, cargar de belleza lo cotidiano o encontrar la belleza que tiene." (Télam)

domingo, 4 de febrero de 2007

"El tiempo que pasa" (Diario Perfil, del 4-2-07)

Por Juan Carlos Fontana

La película de Gustavo Fontán está hecha de pequeños fragmentos de una intimidad compartida, entre dos personajes que pasaron la barrera de los sesenta, y para quienes el tiempo se vuelve lento, profundo e indescifrable.

Los actores son los padres verdaderos del director, y la casa fue la que lo vio nacer. "El árbol" es ficción pura hecha silencios, de una laxitud que dispara hacia zonas infinitas del pensamiento, porque redescubre que en una simple acción cotidiana, puede esconderse parte de una filosofía de vida.

Con elementos del documental, Fontán concretó un film tan íntimo como personal. Su intención es hablar sobre el tiempo y la finitud de las cosas, con fotografía e iluminación.

viernes, 2 de febrero de 2007

Últimas imágenes del ocaso (Diario Clarín - 1-2-07)

"El árbol", de Gustavo Fontán, logra transmitir el inexorable discurrir del tiempo con un bello lenguaje poético.

Miguel Frías
mfrias@clarin.com

No hay, en El árbol, un solo plano que no transmita la dolorosa belleza de lo efímero. Tampoco que nos resguarde de ella. Esta película de Gustavo Fontán, cargada de melancolía crepuscular, captura, a través de detalles cotidianos, el irremediable devenir del tiempo. Sin manierismos ni metáforas "trascendentales", en una aproximación serena, intensa, minuciosa, artesanal: a veces angustiante, siempre poética. El ocaso de la vida, sí, pero sin tragedia: conmovedor y natural como un lento atardecer de verano.

Mary y Julio, los padres de Fontán, viven —han vivido sus largas vidas— en un casona centenaria de Banfield. En la puerta, se entrelazan dos acacias plantadas por Julio décadas antes. Una de ellas languidece en un estado indefinido entre la vida y la muerte. Aunque sus ramas, secas, se sostienen en la copa de la otra y le dan a Julio la esperanza de que pueden rebrotar. Mary tiene una perspectiva distinta: dice que el árbol está muerto, que hay que talarlo. Su marido, que pasa todo el filme reparando objetos, hace preparados y los derrama sobre la raíz agonizante. Su mano acaricia la corteza del tronco erosionado: tierna obstinación que Fontán (hijo) logra transmitir en un mero plano.

El tiempo pasa también para la pareja, aunque la rutina instale una falsa sensación de eternidad. La casa empieza a poblarse de fantasmas. El pasado regresa en un sueño de Mary, en una diapositiva que la pareja proyecta en una pared, en el rumor de voces de una lejana reunión familiar. Julio no encuentra sus anteojos y se prueba otros de una caja antigua; el mundo se vuelve súbitamente borroso, descalibrado. Hasta los muertos queridos van perdiendo sus contornos. Pero persisten, persistirán, inolvidables.

Los sonidos y silencios de la casa se articulan fluidamente —en lírica asincronía— con planos detalle de objetos. El obsesivo tic tac de un reloj de pared, la mecánica melodía de una cajita musical, los truenos sacudiendo vidrios, la lluvia picoteándolos, el crepitar de maderas: elementos sonoros que alcanzan para transmitir nostalgias y presagios. El árbol no tiene canciones, pero su lenguaje es profundamente musical, como el de una buena poesía.

La película, de bajo presupuesto y absoluta independencia autoral, muestra un rigor técnico y estético infrecuente en cada uno de sus rubros. Mezclando elementos documentales y ficcionales, Fontán prescinde del relato convencional y procura (logra) generar sensaciones que se completan en la mente del espectador. En las imágenes fragmentadas, a veces veladas, cercanas y fantasmagóricas, las partes sugieren un todo: pinceladas de artista. La paleta del realizador trabaja con los tonos y las luces de las cuatro estaciones del año. Al final, uno siente, físicamente, la dolorosa hermosura del ocaso.